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El dominio de los seres mágicos, misteriosos y fantásticos que viven en nuestro lado obscuro

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Naturaleza de Xusenet

v.66.61

¿Que hora es?


(Quinta parte)

En Londres Impreso por Edward Venge, para ser vendido en la calle de la Flota, con el signo de la Viña. Un verdadero discurso declarando la vida y muerte de un tal Peter Stubbe, un malvado hechicero.

Aquellos a quienes el Señor permite seguir la imaginación de sus corazones, despreciando su Gracia, al final, a través de la dureza de su corazón y el desprecio de su clemencia paternal, penetran en el sendero de la perdición y la destrucción del cuerpo y el alma para siempre, como en esta presente historia puede verse perfectamente, junto con las crueldades cometidas, que continuaron durante largo tiempo, todo lo cual puede inducir a dudar de que todo esto sea verdad, y sí sólo falsedades impresas, como tantas que han llevado la incredulidad al corazón de los hombres, tanto más cuanto que hoy en día muchos sucesos son falsificados. Al leer esta historia, podrá, según espero, reformarse la opinión, porque se publica a modo de ejemplo, y para consideración de la sutileza con que Satanás trabaja para la destrucción de las almas, y las grandes materias que se efectúan en las malditas prácticas de la Hechicería, cuyos frutos son la muerte y la eterna destrucción, y , sin embargo, se han practicado en todos los tiempos por los réprobos y malvados de la Tierra, algunos de una forma, otros de otra, y siempre con la ayuda del Demonio. Pero todos los malvados que han sido, ninguno comparable con ese perverso, cuya tiranía y crueldad declaró procedían de su padre el Demonio, que fue asesino desde el principio y cuya vida y muerte y sus prácticas sangrientas conocerá quien esto lea.

En las ciudades de Cperald y Bedbur, cerca de Colonia, en la alta Alemania, se crió y nutrió un tal Peter Stubbe, que desde su juventud se sintió grandemente tentado al mal, y practicó las malas artes entre los doce y los veinte años, siguiendo así hasta hoy, sumergiéndose en los conocimientos de la magia, la nigromancia, la hechicería, y trabando conocimiento con muchos espíritus infernales, olvidándose de que Dios le hizo, y que el Salvador vertió su sangre por la redención de los hombres. Al final, sin importarle la salvación de su cuerpo y de su alma, entregándolos para siempre al mal, por el pequeño placer carnal de la vida, para ser famoso e importante en la Tierra, sin cuidarse de perder el Cielo. El Demonio que tiene siempre el oído dispuesto a escuchar las aclamaciones de los hombres malditos, le prometió concederle lo que su corazón anhelaba de esta vida mortal.

Sin embargo, este gran pecador no deseaba riquezas ni ascensos, ni menos se satisfacía su fantasía con ningún placer externo, sino que poseyendo un corazón tirano y una mentalidad cruel y sangrienta, sólo pidió poder, a su capricho, para actuar con su malicia sobre los hombres, mujeres y niños, en forma de animal salvaje, con la que poder vivir sin peligro ni temor para su vida, siendo el ejecutor de toda empresa sangrienta, que estaba dispuesto a acometer. El Demonio, que comprendió que sería un instrumento adecuado para realizar todas las maldades posibles, un arma de destrucción, le entregó una faja que debía ponerse para transformarse en un voraz lobo, fuerte y poderoso, de ojos enormes y brillantes, que en la noche relucían como tizones encendidos, una boca ancha y profunda, con colmillos agudos y crueles, un cuerpo inmenso y aceradas garras. Y tan pronto como se quitase la faja volvería a adoptar su verdadera forma humana, como si nunca hubiese cambiado.

Peter Stubbe se mostró muy complacido, ya que la forma de lobo armonizaba con su fantasía y su naturaleza, inclinada a la sangre y a la crueldad, viéndose satisfecho con este don extraño y diabólico, ya que no podía acarrearle mal alguno, puesto que la faja podía ser escondida en cualquier sitio reducido. Así pasó a la consumación de los más viles y repugnantes crímenes ya que si alguna persona le enojaba, al momento ansiaba tomarse cumplida venganza, merodeando por la ciudad y sus alrededores en forma de lobo, no descanso hasta haberle destrozado la garganta a su víctima y desmembrarla. Gozaba tanto con la vista de la sangre, que empezó a vagar de noche por los campos, ejecutando extremas crueldades. Y de día, iba por las calles de Colonia, Bedbur y Cperadt, ataviado como los demás, bien conocido de todos los habitantes, siendo a veces saludado por aquéllos cuyas amigas o hijas había asesinado, sin que nadie sospechase de él.

En estas poblaciones vagaba arriba y abajo, espiando por si divisaba alguna doncella, esposa o hija, que agradase a sus ojos y encendiese la pasión en su corazón, tras lo cual acechaba la ocasión en que su víctima salía de la población, particularmente si lo hacía sola, echando a correr tras ella, y con toda crueldad la asesinaba; también a veces, merodeando por los campos o los bosques, veía a varias jóvenes juntas, jugando o descansando, y de repente, en su forma de lobo, se abalanzaba entre ellas, y mientras las otras huían, él apresaba a una, y una vez realizada su lasciva hazaña, la asesinaba, y si le había gustado alguna de sus compañeras corría en su busca por todas partes, y la separaba de las demás, pues tal era su velocidad y rapidez de movimientos gracias a su forma de lobo, que podía vencer a cualquier sabueso de la región; y tanto practicó estas maldades que toda la provincia empezó a temerle, espantados de aquel lobo siniestro y ávido de sangre. Así continuó sus diabólicas y condenables hazañas durante unos cuantos años, asesinando a trece jovencitas, y a dos mujeres en cinta, a las que abrió en canal para quitarles los fetos, comiéndose sus corazones sangrientos y palpitantes, que para él eran exquisitos bocados que amortiguaban su feroz apetito.

Solía matar a menudo corderos y ovejas, como hacen los lobos, alimentándose con su sangre y la carne cruda, como si fuese un lobo auténtico, de forma que todos los que vivían en aquellos parajes le temían como a una alimaña.

Por aquel entonces estaba viviendo con una joven que era su hija, por la que sentía una pasión antinatural, cometiendo cruelmente incesto con ella, grave pecado, peor que el adulterio o la fornicación, aún que cualquiera de los tres conduce el alma al infierno, excepto un buen arrepentimiento de corazón o la clemencia de Dios. Esta hija la tuvo cuando no era malvado, siendo llamada Bell Stubbe, y cuya belleza y gracia eran tales que merecían las alabanzas de todo el mundo. Pero tal era la desordenada pasión del hombre-lobo y sus deseos lascivos hacia ella, que tuvieron un hijo, usándola como concubina; finalmente, también prodigó sus halagos a su propia hermana, frecuentando su compañía largo tiempo, de acuerdo con la maldad de su corazón. Además, durante un tiempo envió a buscar a una comadre, llamada Katherine Trompin, mujer de alta estatura y buen favor, muy querida por sus vecinos. Pero Peter Stubbe no le satisfacía todo esto, ni siquiera la belleza de las mujeres, por lo que el Demonio le envió un espíritu perverso en forma de mujer, tan bella de cara y de tipo que más parecía un ser celestial que mortal, tanto su hermosura excedía a la de las demás mujeres; y con ella vivió Peter Stubbe por espacio de siete años, aún que al final demostró no ser más que una diablesa, que sólo acuciaba el delirio insano de Stubbe, quien cada día sentía más sed de sangre y apetito de carne humana. Tenía también un hijo, procreado en la flor y la fuerza de su edad, el primer fruto de su cuerpo, en quien puso su gozo, hasta que un día se llevó a dicho hijo a un bosque, y bajo pretexto de las necesidades naturales, mientras el joven se adelantaba, él adoptó la forma de lobo y se abalanzó sobre su propio hijo, asesinándole y comiéndose los sesos, como el acto más monstruoso cometido jamás por hombre alguno.

Mucho tiempo continuó su villana existencia, a veces en disfraz de lobo, otras como hombre, ya en las poblaciones, ya en los bosques y espesuras, donde una vez llegó a encontrarse con dos hombres y una mujer, a quienes deseó grandemente asesinar, para lo cual, y como conociera a uno de ellos por el nombre, se ocultó entre unas matas, y lo llamó en voz alta. El aludido tendió la vista en derredor, y al no ver a nadie, fue a investigar por entre los arbustos, abalanzándosele el lobo y matándolo en el acto. Transcurridos unos minutos, y como el hombre no volviera junto a la otra pareja, el otro individuo se interno por la espesura con ánimo de buscarlo, ocasión que ya acechaba el infame lobo para repetir su hazaña. Pero no se libró tampoco la mujer, ya que al verse sola y desamparada en el bosque, echó a correr, pero el lobo logró alcanzarla y se precipitó sobre ella atacándola sexualmente. Lo cierto es que jamás volvió a encontrarse el menos rastro de esta pobre víctima, aún que sí los cuerpos mutilados y devorados de sus compañeros**.

Así vivió durante veinticinco años Peter Stubbe -sin que nadie sospechase que era el autor de tantas muertes y crueldades-, durante cuyo tiempo asesinó y devoró a gran número de hombres, mujeres, niños, ovejas, corderos y cabras, y otro ganado, ya que cuando le faltaban las víctimas humanas hacía presa en los animales***.

Los habitantes de Colonia y Bedbur empezaron a salir de las casas siempre armados a fin de poder repeler en caso necesario los ataques del lobo. Pero he aquí que en una ocasión, en la que hay que ver la mano de Dios****, había en un prado varias niñas jugando, y de repente se presentó en medio del grupo el temible lobo, atenazando a una niña por el cuello con intenciones de desgarrarle la garganta, pero fue la voluntad de Dios que el lobo no lograse asirla bien por le cuello del abriguito, armándose gran revuelo, durante el cual, un rebaño que allí pastaba, en su espanto, se precipitó contra el lobo ciegamente, con lo que las niñas consiguieron huir del monstruo.

En todas las poblaciones de Alemania acosadas por el lobo empezaron a elevarse plegarias a Dios a fin de que Éste las liberase de aquella maldita plaga. Todos los habitantes tenían grandes perros al acecho de la fiera, hasta que por fortuna lograron acorralarle, de modo que viéndose el lobo perdido arrojó lejos de sí la faja, apareciéndose en forma humana con un cayado y yendo en dirección a la ciudad. Pero los hombres que seguían a los perros no se dejaron engañar y lo apresaron. Poco después fue llevado a la ciudad de Bedbur, pero temeroso del tormento, voluntariamente confesó todas sus maldades, cometidas en el espacio de veinticinco años, confesando asimismo que el Diablo le había entregado la faja, que arrojara en el valle antes de ser apresado; los magistrados enviaron a buscar la faja, que no fue hallada. Ya que el Diablo, habiendo logrado su propósito, las perdición de su aliado, le dejó entregado a los horrores del tormento. Tras haber estado preso cierto tiempo, los magistrados examinaron el caso escrupulosamente, señalando que su hija Bell Stubbe y su comadre Katherine Trompin eran accesorios a los crímenes cometidos, siendo condenadas juntamente con Peter Stubbe el 28 de octubre de 1589: Peter Stubbe, como principal encartado y malhechor fue condenado a la rueda, siéndole quemada la carne con hierros candentes en diversos lugares del cuerpo, tras lo cual debían rompérsele las piernas y los brazos mediante hachas, separadas la cabeza del cuerpo y reducidos a cenizas. Su hija y su comadre también debían ser reducidas a cenizas a la misma hora del mismo día. Y el 31 de aquel mes, sufrieron la muerte acordada en la ciudad de Bedbur, en presencia de muchos pares y príncipes de Alemania.

Así, buen lector, te he hecho relación del verdadero discurso de este hombre malvado Peter Stubbe, que deseo sirva de advertencia y escarmiento a todos los hechiceros y brujas, que ilegalmente siguen a sus imaginaciones diabólicas hasta la ruina y destrucción de sus almas eternamente, por lo que ruego a Dios custodia a todos los hombres de bien, y a todos los corazones los proteja del mal. Amén.

Después de la ejecución, se instaló, como advertencia de los magistrados de la ciudad de Bedbur, un poste al que se ató el cadáver de Peter Stubbe, colgándose en lo alto la cabeza, y un dibujo en forma de lobo, como recuerdo de sus muchos crímenes, con dieciséis piezas de madera de un metro de largo, como representación de las dieciséis víctimas conocidas de ese hombre-lobo. Y, al mismo tiempo, se ordenó que allí debiera erigirse un monumento en memoria de los asesinatos cometidos.

Peter stubbe, con la orden de su juicio, como el dibujo expresa claramente. Testigos de que esto es verdad. Tyse Artyhe, William Brewart, Adolf Staedt, Georges Bores. Con otros que han visto lo mismo.

****El siglo XVIII fue generoso con Dios. Se le daba gracias cuando terminaba o se podía eludir la calamidad, y no se le recriminaba cuando ésta empezaba.

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Por: lobete_victor_hugo - 27 May 2005
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