n Londres Impreso por
Edward Venge, para ser vendido en la calle de
la Flota, con el signo de la Viña. Un
verdadero discurso declarando la vida y
muerte de un tal Peter Stubbe, un malvado
hechicero.
Aquellos a
quienes el Señor permite seguir la
imaginación de sus corazones, despreciando
su Gracia, al final, a través de la dureza
de su corazón y el desprecio de su clemencia
paternal, penetran en el sendero de la
perdición y la destrucción del cuerpo y el
alma para siempre, como en esta presente
historia puede verse perfectamente, junto con
las crueldades cometidas, que continuaron
durante largo tiempo, todo lo cual puede
inducir a dudar de que todo esto sea verdad,
y sí sólo falsedades impresas, como tantas
que han llevado la incredulidad al corazón
de los hombres, tanto más cuanto que hoy en
día muchos sucesos son falsificados. Al leer
esta historia, podrá, según espero,
reformarse la opinión, porque se publica a
modo de ejemplo, y para consideración de la
sutileza con que Satanás trabaja para la
destrucción de las almas, y las grandes
materias que se efectúan en las malditas
prácticas de la Hechicería, cuyos frutos
son la muerte y la eterna destrucción, y ,
sin embargo, se han practicado en todos los
tiempos por los réprobos y malvados de la
Tierra, algunos de una forma, otros de otra,
y siempre con la ayuda del Demonio. Pero
todos los malvados que han sido, ninguno
comparable con ese perverso, cuya tiranía y
crueldad declaró procedían de su padre el
Demonio, que fue asesino desde el principio y
cuya vida y muerte y sus prácticas
sangrientas conocerá quien esto lea.
En las ciudades
de Cperald y Bedbur, cerca de Colonia, en la
alta Alemania, se crió y nutrió un tal
Peter Stubbe, que desde su juventud se
sintió grandemente tentado al mal, y
practicó las malas artes entre los doce y
los veinte años, siguiendo así hasta hoy,
sumergiéndose en los conocimientos de la
magia, la nigromancia, la hechicería, y
trabando conocimiento con muchos espíritus
infernales, olvidándose de que Dios le hizo,
y que el Salvador vertió su sangre por la
redención de los hombres. Al final, sin
importarle la salvación de su cuerpo y de su
alma, entregándolos para siempre al mal, por
el pequeño placer carnal de la vida, para
ser famoso e importante en la Tierra, sin
cuidarse de perder el Cielo. El Demonio que
tiene siempre el oído dispuesto a escuchar
las aclamaciones de los hombres malditos, le
prometió concederle lo que su corazón
anhelaba de esta vida mortal.
Sin embargo,
este gran pecador no deseaba riquezas ni
ascensos, ni menos se satisfacía su
fantasía con ningún placer externo, sino
que poseyendo un corazón tirano y una
mentalidad cruel y sangrienta, sólo pidió
poder, a su capricho, para actuar con su
malicia sobre los hombres, mujeres y niños,
en forma de animal salvaje, con la que poder
vivir sin peligro ni temor para su vida,
siendo el ejecutor de toda empresa
sangrienta, que estaba dispuesto a acometer.
El Demonio, que comprendió que sería un
instrumento adecuado para realizar todas las
maldades posibles, un arma de destrucción,
le entregó una faja que debía ponerse para
transformarse en un voraz lobo, fuerte y
poderoso, de ojos enormes y brillantes, que
en la noche relucían como tizones
encendidos, una boca ancha y profunda, con
colmillos agudos y crueles, un cuerpo inmenso
y aceradas garras. Y tan pronto como se
quitase la faja volvería a adoptar su
verdadera forma humana, como si nunca hubiese
cambiado.
eter Stubbe se mostró
muy complacido, ya que la forma de lobo
armonizaba con su fantasía y su naturaleza,
inclinada a la sangre y a la crueldad,
viéndose satisfecho con este don extraño y
diabólico, ya que no podía acarrearle mal
alguno, puesto que la faja podía ser
escondida en cualquier sitio reducido. Así
pasó a la consumación de los más viles y
repugnantes crímenes ya que si alguna
persona le enojaba, al momento ansiaba
tomarse cumplida venganza, merodeando por la
ciudad y sus alrededores en forma de lobo, no
descanso hasta haberle destrozado la garganta
a su víctima y desmembrarla. Gozaba tanto
con la vista de la sangre, que empezó a
vagar de noche por los campos, ejecutando
extremas crueldades. Y de día, iba por las
calles de Colonia, Bedbur y Cperadt, ataviado
como los demás, bien conocido de todos los
habitantes, siendo a veces saludado por
aquéllos cuyas amigas o hijas había
asesinado, sin que nadie sospechase de él.
En estas
poblaciones vagaba arriba y abajo, espiando
por si divisaba alguna doncella, esposa o
hija, que agradase a sus ojos y encendiese la
pasión en su corazón, tras lo cual acechaba
la ocasión en que su víctima salía de la
población, particularmente si lo hacía
sola, echando a correr tras ella, y con toda
crueldad la asesinaba; también a veces,
merodeando por los campos o los bosques,
veía a varias jóvenes juntas, jugando o
descansando, y de repente, en su forma de
lobo, se abalanzaba entre ellas, y mientras
las otras huían, él apresaba a una, y una
vez realizada su lasciva hazaña, la
asesinaba, y si le había gustado alguna de
sus compañeras corría en su busca por todas
partes, y la separaba de las demás, pues tal
era su velocidad y rapidez de movimientos
gracias a su forma de lobo, que podía vencer
a cualquier sabueso de la región; y tanto
practicó estas maldades que toda la
provincia empezó a temerle, espantados de
aquel lobo siniestro y ávido de sangre. Así
continuó sus diabólicas y condenables
hazañas durante unos cuantos años,
asesinando a trece jovencitas, y a dos
mujeres en cinta, a las que abrió en canal
para quitarles los fetos, comiéndose sus
corazones sangrientos y palpitantes, que para
él eran exquisitos bocados que amortiguaban
su feroz apetito.
Solía matar a
menudo corderos y ovejas, como hacen los
lobos, alimentándose con su sangre y la
carne cruda, como si fuese un lobo
auténtico, de forma que todos los que
vivían en aquellos parajes le temían como a
una alimaña.
Por aquel
entonces estaba viviendo con una joven que
era su hija, por la que sentía una pasión
antinatural, cometiendo cruelmente incesto
con ella, grave pecado, peor que el adulterio
o la fornicación, aún que cualquiera de los
tres conduce el alma al infierno, excepto un
buen arrepentimiento de corazón o la
clemencia de Dios. Esta hija la tuvo cuando
no era malvado, siendo llamada Bell Stubbe, y
cuya belleza y gracia eran tales que
merecían las alabanzas de todo el mundo.
Pero tal era la desordenada pasión del
hombre-lobo y sus deseos lascivos hacia ella,
que tuvieron un hijo, usándola como
concubina; finalmente, también prodigó sus
halagos a su propia hermana, frecuentando su
compañía largo tiempo, de acuerdo con la
maldad de su corazón. Además, durante un
tiempo envió a buscar a una comadre, llamada
Katherine Trompin, mujer de alta estatura y
buen favor, muy querida por sus vecinos. Pero
Peter Stubbe no le satisfacía todo esto, ni
siquiera la belleza de las mujeres, por lo
que el Demonio le envió un espíritu
perverso en forma de mujer, tan bella de cara
y de tipo que más parecía un ser celestial
que mortal, tanto su hermosura excedía a la
de las demás mujeres; y con ella vivió
Peter Stubbe por espacio de siete años, aún
que al final demostró no ser más que una
diablesa, que sólo acuciaba el delirio
insano de Stubbe, quien cada día sentía
más sed de sangre y apetito de carne humana.
Tenía también un hijo, procreado en la flor
y la fuerza de su edad, el primer fruto de su
cuerpo, en quien puso su gozo, hasta que un
día se llevó a dicho hijo a un bosque, y
bajo pretexto de las necesidades naturales,
mientras el joven se adelantaba, él adoptó
la forma de lobo y se abalanzó sobre su
propio hijo, asesinándole y comiéndose los
sesos, como el acto más monstruoso cometido
jamás por hombre alguno.
ucho tiempo continuó
su villana existencia, a veces en disfraz de
lobo, otras como hombre, ya en las
poblaciones, ya en los bosques y espesuras,
donde una vez llegó a encontrarse con dos
hombres y una mujer, a quienes deseó
grandemente asesinar, para lo cual, y como
conociera a uno de ellos por el nombre, se
ocultó entre unas matas, y lo llamó en voz
alta. El aludido tendió la vista en
derredor, y al no ver a nadie, fue a
investigar por entre los arbustos,
abalanzándosele el lobo y matándolo en el
acto. Transcurridos unos minutos, y como el
hombre no volviera junto a la otra pareja, el
otro individuo se interno por la espesura con
ánimo de buscarlo, ocasión que ya acechaba
el infame lobo para repetir su hazaña. Pero
no se libró tampoco la mujer, ya que al
verse sola y desamparada en el bosque, echó
a correr, pero el lobo logró alcanzarla y se
precipitó sobre ella atacándola
sexualmente. Lo cierto es que jamás volvió
a encontrarse el menos rastro de esta pobre
víctima, aún que sí los cuerpos mutilados
y devorados de sus compañeros**.
Así vivió
durante veinticinco años Peter Stubbe -sin
que nadie sospechase que era el autor de
tantas muertes y crueldades-, durante cuyo
tiempo asesinó y devoró a gran número de
hombres, mujeres, niños, ovejas, corderos y
cabras, y otro ganado, ya que cuando le
faltaban las víctimas humanas hacía presa
en los animales***.
Los habitantes
de Colonia y Bedbur empezaron a salir de las
casas siempre armados a fin de poder repeler
en caso necesario los ataques del lobo. Pero
he aquí que en una ocasión, en la que hay
que ver la mano de Dios****, había en un
prado varias niñas jugando, y de repente se
presentó en medio del grupo el temible lobo,
atenazando a una niña por el cuello con
intenciones de desgarrarle la garganta, pero
fue la voluntad de Dios que el lobo no
lograse asirla bien por le cuello del
abriguito, armándose gran revuelo, durante
el cual, un rebaño que allí pastaba, en su
espanto, se precipitó contra el lobo
ciegamente, con lo que las niñas
consiguieron huir del monstruo.
En todas las
poblaciones de Alemania acosadas por el lobo
empezaron a elevarse plegarias a Dios a fin
de que Éste las liberase de aquella maldita
plaga. Todos los habitantes tenían grandes
perros al acecho de la fiera, hasta que por
fortuna lograron acorralarle, de modo que
viéndose el lobo perdido arrojó lejos de
sí la faja, apareciéndose en forma humana
con un cayado y yendo en dirección a la
ciudad. Pero los hombres que seguían a los
perros no se dejaron engañar y lo apresaron.
Poco después fue llevado a la ciudad de
Bedbur, pero temeroso del tormento,
voluntariamente confesó todas sus maldades,
cometidas en el espacio de veinticinco años,
confesando asimismo que el Diablo le había
entregado la faja, que arrojara en el valle
antes de ser apresado; los magistrados
enviaron a buscar la faja, que no fue
hallada. Ya que el Diablo, habiendo logrado
su propósito, las perdición de su aliado,
le dejó entregado a los horrores del
tormento. Tras haber estado preso cierto
tiempo, los magistrados examinaron el caso
escrupulosamente, señalando que su hija Bell
Stubbe y su comadre Katherine Trompin eran
accesorios a los crímenes cometidos, siendo
condenadas juntamente con Peter Stubbe el 28
de octubre de 1589: Peter Stubbe, como
principal encartado y malhechor fue condenado
a la rueda, siéndole quemada la carne con
hierros candentes en diversos lugares del
cuerpo, tras lo cual debían rompérsele las
piernas y los brazos mediante hachas,
separadas la cabeza del cuerpo y reducidos a
cenizas. Su hija y su comadre también
debían ser reducidas a cenizas a la misma
hora del mismo día. Y el 31 de aquel mes,
sufrieron la muerte acordada en la ciudad de
Bedbur, en presencia de muchos pares y
príncipes de Alemania.
sí, buen lector, te
he hecho relación del verdadero discurso de
este hombre malvado Peter Stubbe, que deseo
sirva de advertencia y escarmiento a todos
los hechiceros y brujas, que ilegalmente
siguen a sus imaginaciones diabólicas hasta
la ruina y destrucción de sus almas
eternamente, por lo que ruego a Dios custodia
a todos los hombres de bien, y a todos los
corazones los proteja del mal. Amén.
Después de la
ejecución, se instaló, como advertencia de
los magistrados de la ciudad de Bedbur, un
poste al que se ató el cadáver de Peter
Stubbe, colgándose en lo alto la cabeza, y
un dibujo en forma de lobo, como recuerdo de
sus muchos crímenes, con dieciséis piezas
de madera de un metro de largo, como
representación de las dieciséis víctimas
conocidas de ese hombre-lobo. Y, al mismo
tiempo, se ordenó que allí debiera erigirse
un monumento en memoria de los asesinatos
cometidos.
Peter stubbe,
con la orden de su juicio, como el dibujo
expresa claramente. Testigos de que esto es
verdad. Tyse Artyhe, William Brewart, Adolf
Staedt, Georges Bores. Con otros que han
visto lo mismo.
****El siglo
XVIII fue generoso con Dios. Se le daba
gracias cuando terminaba o se podía eludir
la calamidad, y no se le recriminaba cuando
ésta empezaba.