l lector familiarizado
con esta clase de folletos como el
reproducido, podrá fácilmente separar los
hechos auténticos de los creados por la
fantasía, y efectuar una reconstrucción muy
aproximada de lo que ocurrió.
Afortunadamente, poseemos ciertas pistas
gracias a otros relatos del mismo caso.
Trece niñas,
dos mujeres y un hombre fueron asesinados,
algunas de las niñas asaltadas sexualmente y
mutiladas, en una pequeña comunidad, en el
espacio de veinticinco años. El asesino (o
asesinos) no fueron hallados.
Luego,
arrestaron a Peter Stubbe porque fue
reconocido en un intento de asalto, siendo
identificado después de un ataque frustrado,
o por algún otro motivo. Stubbe, enfrentado
con la seguridad del tormento que le hubiese
obligado a confesar cualquier cosa, admitió
su culpa y proporcionó detalles de sus
crímenes.
La faja mágica
que no fue hallada, naturalmente jamás
existió. Ni tampoco se transformaba Stubbe
en lobo ni había pactado con el Diablo.
Tales ingredientes en las confesiones de los
acusados, cuando la hechicería se añadía a
la lista de sus presuntos crímenes, eran la
moda de la época.
No es probable,
aún que tampoco imposible que Stubbe
cometiese actos descritos de incesto con su
hija y su hermana. El incesto también estaba
de moda en las confesiones de los presuntos
brujos o brujas. Estas modas retroceden a las
más antiguas creencias de los pueblos
primitivos, según las cuales el incesto
confiere poderes mágicos sobre los
participantes (o sobre uno de ellos, o sobre
el vástago del incesto). Las brujas solían
verse acusadas de practicar el incesto en las
sabatinas, y la misma acusación se halla
frecuentemente contra varias sectas herejes.
Asimismo, era costumbre acusar a los
<hechiceros> de todos los crímenes
más ultrajantes, y como bien señala el
folleto, el incesto era considerado a la
sazón como la ofensa capital.
El panfleto se
basa en parte en la confesión de Stubbe y en
parte sobre otro conocimiento de sus
crímenes. Sólo él pudo proporcionar la
información de que la mujer que fue
<enteramente devorada>, y cuyos restos
no fueron encontrados, había sido
sexualmente atacada.
Por otra parte,
es imposible creer que la confesión se
refiera a crímenes irreales -como ocurría a
veces en confesiones arrancadas por la
tortura-, ya que el conocimiento de tales
crímenes se basa en la confesión. En una
pequeña comunidad, no sería posible admitir
que se habían cometido dieciséis asesinatos
sin que nadie echase en falta a las
víctimas; y el folleto establece que todo el
distrito vivió durante años en un estado de
gran ansiedad como consecuencia de la
continua ola de crímenes.
Además, el
ultraje de la comunidad es evidente en el
extraño monumento erigido con la cabeza de
Stubbe en lo alto, por consejo de los
magistrados. Hemos de creer que la evidencia
contra Stubbe fuese genuina, o sea, que fue
el verdadero criminal, y no un inocente la
persona tan horriblemente torturada y
ejecutada. Aparentemente, Stubbe era bien
conocido en la comunidad antes de su arresto,
debiendo presumirse que no fue simplemente
acusado como lo eran muchas brujas y brujos
en aquella época, debido sólo a algunas
excentricidades, fealdad o deformidad
física. También es de suponer que su hija y
su esposa o amante no fuesen sólo ejecutadas
por la misma razón que lo fueron los
familiares de otros brujos: para que no
hubiera supervivientes que pudieran reclamar
los bienes del brujo, los que de este modo
pasaban a poder de las autoridades, siempre
ávidas. La acusación de canibalismo debe de
ser cierta, aún que podría tratarse de un
adorno, apoyando el aspecto de lobo del
acusado. Sin embargo, los cadáveres, que
probablemente fueron vistos por muchos
lugareños, debieron ser mutilados de alguna
forma. La mutilación, y lo que es lo mismo
el canibalismo, acompaña frecuentemente a
los crímenes cometidos por sádicos.
Cuando, más
adelante, el lector halle los casos de
criminales tales como Vacher el destripador,
Fritz Haarmann y Ed Gein, notará las
semejanzas entre sus crímenes y los de los
supuestos hombres-lobo de que trata este
capítulo.
articularmente, desde
el siglo quince al dieciocho, es probable que
muchos ofensores sexuales fuesen juzgados
como hombres-lobo, brujos y vampiros.
También es verdad que personas acusadas de
brujería y hechicería debían a menudo
confesar la comisión de crímenes sexuales
que jamás habían cometido. Pero tales
confesiones sólo podían ser o parecer
plausibles en las grandes poblaciones urbanas
con gran tránsito de personal, donde la
víctima no podía ser echada de menos.
Asimismo, era entonces necesario afirmar que
el asesino había destruido completamente el
cadáver (o cadáveres) de su víctima (o
víctimas).
Las atrocidades
sexuales cometidas contra los brujos acusados
fueron indudablemente mucho más numerosas
que los mismos crímenes cometidos por tales
brujos. Si los acusados eran niñas o
pordioseras deformes y jorobadas, solían ser
violadas y maltratadas sádicamente por sus
carceleros y verdugos. Las torturas a que se
veían sujetas, como castigo o con el
propósito de arrancarles una confesión,
revestían a menudo un carácter sexual. La
mutilación de los genitales, forzando
estacas y hierros candentes en las vaginas y
anos de las personas acusadas, la mutilación
de los senos y los pechos con pinzas al rojo
vivo eran prácticas corrientes. Los llamados
<forzadores de brujas>, cuya tarea
consistía en insertar agujas en los pechos y
partes sexuales de las mujeres, con el
supuesto propósito de localizar la <marca
del diablo> anestésica, tenían que ser
verdaderos sádicos.
El sádico
inteligente de aquellos tiempos no necesitaba
cometer crímenes que condujesen a su
arresto. Le bastaba con obtener un empleo
dentro de la maquinaria de la Justicia para
hallar abundantes oportunidades de ejercer
sus perversiones instintivas.
**No parece
haber molestado nunca a los escritores
antiguos que incluso el caníbal más voraz
pueda tener dificultades con los huesos.
Hemos leído repetidas afirmaciones de que
los individuos eran completamente devorados.
***Que los
sádicos, que no pueden procurarse víctimas
humanas, recurren a animales en sustitución,
es un hecho demostrado; Manfred Guttmacher
(La mente del asesino) dice: Es interesante
saber cuántos sádicos dan salida a sus
impulsos hostiles con su crueldad hacia los
animales. Su verdadero odio no va contra
éstos, naturalmente, sino contra los demás
hombres. Los animales son meros sustitutos.
Además, matar animales no comporta ningún
problema con la policía, y en algunas zonas
cierto grado de crueldad hacia las bestias es
aceptado como una sublimación de los
impulsos sádicos. Ciertamente, esto es
cierto en la caza. Es dudoso que el sádico
odie, efectivamente, al hombre. Naturalmente,
tal vez algunos. Pero el sadismo es una
perversión sexual, usualmente determinada
por antiguas experiencias traumáticas, en
que el cumplimiento del impulso sexual
sádico depende del inflingimiento de dolor a
la otra persona. No necesita odiarla más que
cualquier clase de pervertido necesita odiar
a su compañero de sexo. Probablemente, la
continuada práctica de la perversión
sádica, más que la de otras perversiones,
contribuya a un misantrópico Weltanschauung.
Masters (conducta sexual prohibida y
moralidad) también trata del abuso sádico
de los animales: La mutilación y el
asesinato de animales con el fin de lograr el
placer sexual sádico constituye una página
triste y brutal en los anales de la historia
erótica de la humanidad.
(A), famoso
torturador de animales fue Dmitri, hijo de
Iván el Cruel, que hallaba "placeres
inexplicables" en la agonía de ovejas,
gallinas y gansos. Muchos ejemplos de sadismo
sexual con animales, incluyendo prácticas
tan monstruosas como destriparlos por el
vientre y copular con sus entrañas aún
palpitantes, se describen en los libros de
texto de la psicopatología sexual. Todo el
mundo, sin embargo, puede tener conocimiento
de malos tratos crueles y sádicos a los
animales, sin propósito sexual, aún que
produzcan placer erótico a veces. El lazo
sexual que a veces existe entre el verdugo y
el atormentado (humano) ha quedado bien
establecido.
En el caso de
la tortura de animales, como en la zoofilia,
a menudo tiene lugar cierta medida de
humanización o personalización del animal,
que permite al sádico experimentar, mediante
esta distorsión, un placer semejante al que
experimentaría infligiéndole dolor a una
víctima humana ligada a él por un lazo
sexual semejante al que une el verdugo y a su
víctima. Si suponemos que no es este el
caso, la tortura y el asesinato del
inofensivo animal no posee sentido, o es
tonto, por ser el animal apenas un vehículo
apropiado para la expresión de la sexualidad
desviada del sádico.